Matanza de los Padres Franciscanos

La violencia revolucionaria fue especialmente intensa en los primeros seis meses tras el golpe de Estado, cuando las autoridades republicanas en la provincia carecían de capacidad para controlar la situación. Los comités de sindicatos y partidos políticos se habían hecho con el poder en las calles, mientras instituciones como el Ayuntamiento, la Diputación Provincial o la Audiencia Provincial paralizaban su actividad. Tampoco había fuerzas de seguridad ciudadana, puesto que la Guardia Civil y la Guardia de Asalto había sido enviada a Madrid. Las milicias locales fueron dueñas de las calles por la fuerza de las armas entre julio y diciembre de 1936, imponiendo el terror sobre los que consideraban sus enemigos.

Entre aquellos destacaban los religiosos, sobre los que se desató la persecución por su condición tradicionalmente conservadora y su acercamiento a las clases altas. La Iglesia fue despojada de sus propiedades, parte de su patrimonio fue destruido y las vidas de sacerdotes y religiosos fueron segadas: Montero calcula que en la zona republicana se asesinó a 13 obispos y 6.832 sacerdotes y religiosos. 

En la provincia de Ciudad Real se produjeron cuatro grandes matanzas de religiosos: una de ellas fue la de los franciscanos de Alcázar de San Juan. La noche del 20 de julio, los milicianos rodearon el convento de los padres franciscanos en esta localidad, donde había 8 religiosos. Dos días después, un grupo armado acudió a llevarse a los monjes, según afirmaban, con autorización oficial. Los religiosos fueron atados y conducidos al Ayuntamiento, donde se les unieron otros monjes, tras lo cual fueron llevados a la antigua ermita de San Juan, conocida como “El Refugio.” Tras cinco días de encierro, los 13 religiosos detenidos fueron conducidos a un lugar denominado “Los Sitios”, donde se les fusiló. Uno de ellos, Isidoro Álvarez Hernández, salvó la vida y huyó, y aunque fue detenido poco después, ya no volvió a intentar ser asesinado.

La violencia revolucionaria fue especialmente intensa en los primeros seis meses tras el golpe de Estado, cuando las autoridades republicanas en la provincia carecían de capacidad para controlar la situación. Los comités de sindicatos y partidos políticos se habían hecho con el poder en las calles, mientras instituciones como el Ayuntamiento, la Diputación Provincial o la Audiencia Provincial paralizaban su actividad. Tampoco había fuerzas de seguridad ciudadana, puesto que la Guardia Civil y la Guardia de Asalto había sido enviada a Madrid. Las milicias locales fueron dueñas de las calles por la fuerza de las armas entre julio y diciembre de 1936, imponiendo el terror sobre los que consideraban sus enemigos.

Entre aquellos destacaban los religiosos, sobre los que se desató la persecución por su condición tradicionalmente conservadora y su acercamiento a las clases altas. La Iglesia fue despojada de sus propiedades, parte de su patrimonio fue destruido y las vidas de sacerdotes y religiosos fueron segadas: Montero calcula que en la zona republicana se asesinó a 13 obispos y 6.832 sacerdotes y religiosos. 

En la provincia de Ciudad Real se produjeron cuatro grandes matanzas de religiosos: una de ellas fue la de los franciscanos de Alcázar de San Juan. La noche del 20 de julio, los milicianos rodearon el convento de los padres franciscanos en esta localidad, donde había 8 religiosos. Dos días después, un grupo armado acudió a llevarse a los monjes, según afirmaban, con autorización oficial. Los religiosos fueron atados y conducidos al Ayuntamiento, donde se les unieron otros monjes, tras lo cual fueron llevados a la antigua ermita de San Juan, conocida como “El Refugio.” Tras cinco días de encierro, los 13 religiosos detenidos fueron conducidos a un lugar denominado “Los Sitios”, donde se les fusiló. Uno de ellos, Isidoro Álvarez Hernández, salvó la vida y huyó, y aunque fue detenido poco después, ya no volvió a intentar ser asesinado.

Autora: ACP

Prisión en el convento de las Dominicas

El convento de las Dominicas, fundado en el siglo XV, fue incautado por las organizaciones obreras en los primeros días tras el golpe de estado de julio de 1936. Tuvo dos funciones principales durante la guerra civil. En primer lugar, fue utilizado como centro de detención – conocido como “checa”- durante los primeros meses de conflicto, cuando las instituciones oficiales perdieron el control de la situación y las milicias armadas se hicieron con el poder en las calles, desatando una ola de represión sobre aquellos que consideraban sus enemigos, fueran golpistas o simplemente conservadores, religiosos o propietarios. Por otro lado, también ejerció de local de acogida de refugiados, convirtiéndose en la sede del Comité Provincial de Refugiados a lo largo del conflicto. Este Comité era el encargado de organizar a nivel provincial la asistencia a los refugiados que llegaban de otros lugares.

El problema de los refugiados fue uno de los más importantes a los que tuvo que hacer frente Ciudad Real.  Éstos empezaron a llegar por miles a la localidad ya en los primeros momentos de la guerra, y continuaron protagonizando oleadas entre 1937 y 1938 de personas procedentes de Madrid, Andalucía y Extremadura, huyendo de la guerra y del avance de los sublevados.  Así, para finales de 1937, la población de Ciudad Real era casi el triple: si antes de la guerra eran 26.000 habitantes, entonces se habían alcanzado los 76.000.  Esto supuso una enorme presión para la ciudad, que tenía que repartir los escasos alimentos y viviendas disponibles entre una población muy superior a la normal.

Autora: ACP

Comité local de la calle de la Tercia, Malagón

La violencia revolucionaria fue especialmente intensa en los primeros seis meses tras el golpe de Estado, cuando las autoridades republicanas en la provincia carecían de capacidad para controlar la situación. Los comités de sindicatos y partidos políticos se habían hecho con el poder en las calles, mientras instituciones como el Ayuntamiento, la Diputación Provincial o la Audiencia Provincial paralizaban su actividad. Tampoco había fuerzas de seguridad ciudadana, puesto que la Guardia Civil y la Guardia de Asalto había sido enviada a Madrid. Las milicias locales fueron dueñas de las calles por la fuerza de las armas entre julio y diciembre de 1936, imponiendo el terror sobre los que consideraban sus enemigos.

Los registros y detenciones eran el pan de cada día de estos primeros meses de violencia. La gran mayoría de los presos se concentraron cárceles como la Prisión Provincial de Ciudad Real, pero muchos otros eran enviados a centros establecidos por las milicias, conocidos como “checas”. Las “checas” se establecieron por toda la provincia de Ciudad Real: en el caso de Malagón se establecieron dos de estos centros de detención, uno en el local destinado a Posada de Sementales del Estado y otro en el Comité Local establecido en la calle de la Tercia.

Los detenidos por las milicias podían ser golpistas, pero también conservadores, religiosos o propietarios, que englobaban la lista de enemigos de los revolucionarios en armas. Conducidos a los centros de detención, eran interrogados, torturados y sometidos a juicios revolucionarios. Algunos eran liberados, pero otros no gozaban de esa suerte, y eran conducidos a la Prisión Provincial o ejecutados de madrugada por los propios milicianos.

Autora: ACP

Checa en la casa de Gabriel Enríquez, Herencia

 La violencia revolucionaria fue especialmente intensa en los primeros seis meses tras el golpe de Estado, cuando las autoridades republicanas en la provincia carecían de capacidad para controlar la situación. Los comités de sindicatos y partidos políticos se habían hecho con el poder en las calles, mientras instituciones como el Ayuntamiento, la Diputación Provincial o la Audiencia Provincial paralizaban su actividad. Tampoco había fuerzas de seguridad ciudadana, puesto que la Guardia Civil y la Guardia de Asalto había sido enviada a Madrid. Las milicias locales fueron dueñas de las calles por la fuerza de las armas entre julio y diciembre de 1936, imponiendo el terror sobre los que consideraban sus enemigos.

Los registros y detenciones eran el pan de cada día de estos primeros meses de violencia. La gran mayoría de los presos se concentraron cárceles como la Prisión Provincial de Ciudad Real, pero muchos otros eran enviados a centros establecidos por las milicias, conocidos como “checas”. Las “checas” se establecieron por toda la provincia de Ciudad Real: en el caso de Herencia hubo una en la casa incautada de Gabriel Enríquez, uno de los hombres más poderosos del pueblo antes del golpe.

Los detenidos por las milicias eran conducidos allí, donde eran interrogados y torturados, tras lo cual generalmente eran conducidos a lugares de ejecución en los que se les fusilaba.

Autora:ACP

Checa del retén, Valdepeñas

La violencia revolucionaria fue especialmente intensa en los primeros seis meses tras el golpe de Estado, cuando las autoridades republicanas en la provincia carecían de capacidad para controlar la situación. Los comités de sindicatos y partidos políticos se habían hecho con el poder en las calles, mientras instituciones como el Ayuntamiento, la Diputación Provincial o la Audiencia Provincial paralizaban su actividad. Tampoco había fuerzas de seguridad ciudadana, puesto que la Guardia Civil y la Guardia de Asalto había sido enviada a Madrid. Las milicias locales fueron dueñas de las calles por la fuerza de las armas entre julio y diciembre de 1936, imponiendo el terror sobre los que consideraban sus enemigos.

Los registros y detenciones eran el pan de cada día de estos primeros meses de violencia. La gran mayoría de los presos se concentraron cárceles como la Prisión Provincial de Ciudad Real, pero muchos otros eran enviados a centros establecidos por las milicias, conocidos como “checas”. Las “checas” se establecieron por toda la provincia de Ciudad Real: en el caso de Valdepeñas hubo dos, la de la Concordia en la calle Pintor Mendoza y la del retén en la calle Pangino.

Los detenidos por las milicias eran conducidos allí, donde eran interrogados y torturados, tras lo cual generalmente eran conducidos a lugares de ejecución en los que se les fusilaba.

Autora: ACP

Checa de la Concordia, Valdepeñas

La violencia revolucionaria fue especialmente intensa en los primeros seis meses tras el golpe de Estado, cuando las autoridades republicanas en la provincia carecían de capacidad para controlar la situación. Los comités de sindicatos y partidos políticos se habían hecho con el poder en las calles, mientras instituciones como el Ayuntamiento, la Diputación Provincial o la Audiencia Provincial paralizaban su actividad. Tampoco había fuerzas de seguridad ciudadana, puesto que la Guardia Civil y la Guardia de Asalto había sido enviada a Madrid. Las milicias locales fueron dueñas de las calles por la fuerza de las armas entre julio y diciembre de 1936, imponiendo el terror sobre los que consideraban sus enemigos.

Los registros y detenciones eran el pan de cada día de estos primeros meses de violencia. La gran mayoría de los presos se concentraron cárceles como la Prisión Provincial de Ciudad Real, pero muchos otros eran enviados a centros establecidos por las milicias, conocidos como “checas”. Las “checas” se establecieron por toda la provincia de Ciudad Real: en el caso de Valdepeñas hubo dos, la del retén en la calle Pangino y la de la Concordia en la calle Pintor Mendoza. 

La Concordia había sido una sociedad de recreo de la localidad que, incautada en los primeros días del conflicto, ejerció también de Cuartel General de las Milicias de Valdepeñas. Los detenidos por las milicias eran conducidos allí, donde eran interrogados y torturados, tras lo cual generalmente eran conducidos a lugares de ejecución en los que se les fusilaba.

Autora: ACP

Sublevación en Santa Olalla

En la mayor parte de los pueblos de la provincia la sublevación no se produjo o fue sofocada a los pocos días: en el mundo rural no existía una trama conspiradora de envergadura o suficientemente coordinada. Sólo en una minoría de pueblos había círculos conspiradores que pasaron a la acción una vez se produjo el alzamiento. Por otro lado, la mayor parte de la Guardia Civil fue enviada a la ciudad de Toledo, según el plan establecido por el jefe de su Comandancia Provincial, Pedro Basart, lo que privó a los pueblos de un importante efectivo para desplegar la sublevación. Todo ello determinó que en la mayor parte de las localidades las fuerzas populares tomaran el control sin apenas violencia: fue el caso de Santa Olalla. En esta localidad, la mayoría de los propietarios y patronos huyeron de la villa, mientras que aquellos que permanecieron y que estaban armados no se decidieron a dar el paso. Aprovechando este factor y la ausencia de la Guardia Civil, las fuerzas populares se hicieron con el control del pueblo sin que hubiera nadie que les enfrentara. Casos similares al de esta localidad fueron los de Alcabín, Albarreal, Belvís, Carpio de Tajo, Cervera, Consuegra, Escalona, Fuensalida, Gerindote, Guadamur, Hinojosa, Huecas, Maqueda, Menasalbas, Méntrida, Santa Cruz de Retamar, Santa Olalla, Segurrilla, Talavera de la Reina, Tembleque, Torralba de Oropesa, Torrijos, Valdevera, Villa de D. Fadrique o Villanueva de Alcardete.

Autora: ACP

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Sublevación en Madridejos

En la mayor parte de los pueblos de la provincia la sublevación no se produjo o fue sofocada a los pocos días: en el mundo rural no existía una trama conspiradora de envergadura o suficientemente coordinada. Sólo en un corto número de municipios triunfó la sublevación, aunque temporalmente: en ellos, los círculos conspiradores sí tomaron la iniciativa, tomando el pueblo o sus puntos clave y resistiendo en esta posición hasta que las fuerzas gubernamentales y los sindicatos los desalojaron por la fuerza, en ocasiones después de varios días. En algunos casos se necesitó la llegada de milicianos de otras localidades vecinas para acabar con los sublevados. Así ocurrió en Madridejos; en esta localidad, Jesús Requejo San Román, diputado de la Coalición Antirrevolucionaria de Toledo, fue el líder y organizador de la conspiración: antes de que se produjera el levantamiento, Requejo y otros patrones, propietarios y personas de derechas recaudaron dinero y armas para éste. Dos días después de que tuviera lugar, un grupo de patrones, cedistas y falangistas tomaron algunos puntos clave del pueblo, como el Casino o el Centro Recreativo, y sólo fueron reducidos tras la llegada de milicianos de Villacañas que vinieron en apoyo de los locales. Casos similares fueron los de Miguel Esteban, Orgaz, Oropesa, Puebla de Almoradiel, Recas, Torres de Esteban Hambrán y Urda.

Autora: ACP 

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Sublevación en la Puebla de Montalbán

 En la mayor parte de los pueblos de la provincia de Toledo, la sublevación no se produjo o fue sofocada a los pocos días: en el mundo rural no existía una trama conspiradora de envergadura o suficientemente coordinada. Por otro lado, la mayor parte de la Guardia Civil fue enviada a la capital de la provincia según el plan establecido por el jefe de su Comandancia Provincial, Pedro Basart, lo que privó a los pueblos de un importante efectivo para desplegar la sublevación. Sólo en una minoría de localidades había círculos conspiradores que pasaron a la acción una vez se produjo el alzamiento, proceso que tuvo lugar en la propia capital, Toledo. En otro grupo de municipios hubo enfrentamientos armados de pequeña envergadura entre las fuerzas populares y los partidarios de la sublevación, que se resolvieron pronto en favor de los primeros. Fue el caso de Almonacid, Calera, Chozas, El Casar de Escalona, Carmena, Escalonilla, Lagartera, Mora, Pelahustán, Polán, Romeral, Villanueva de Bigas, Los Yébenes y la Puebla de Montalbán.

La Puebla de Montalbán se encontraba en plenas fiestas patronales cuando se produjo la sublevación. El baile, acontecimiento central de las fiestas, fue suspendido, y los simpatizantes de las izquierdas acudieron a la Casa del Pueblo para organizarse.

Autora: ACP

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El Frente Sur del Tajo: Cigarral de Menores

El Cigarral de Menores es una posición situada al suroeste de la ciudad de Toledo que adquiere un carácter estratégico a partir de finales de septiembre de 1936 a causa de la toma de la ciudad por parte de las tropas sublevadas. Es un lugar idóneo desde el cual el ejército republicano obtiene una línea de observación y de tiro de artillería sobre la ciudad y, concretamente, sobre la fábrica de armas, uno de los objetivos claves en este momento, pero también es un emplazamiento que se encuentra muy expuesto. Para ello, se realiza una línea de trinchera por parte de la 9ª división del ejército popular para preparar un posible ataque por parte del ejército sublevado, algo que se producirá durante los meses siguientes. Este avance de las tropas sublevadas provocó una desbandada por parte republicana, que abandona la posición sin oponer mucha resistencia. 

Gracias a las labores arqueológicas de excavación realizadas en la zona se ha documentado una trinchera, y una cantidad considerable de munición, tanto vainas, proyectiles y balas sin detonar asociadas a los sublevados, por lo que se confirma la desbandada republicana en esta zona a posiciones de retaguardia. De entre los vestigios recuperados se encuentran vainas, balas, peines, anillas de grandas alemanas, vainas de pistola calibre 6 mm y vainas de Flak 18, además de toda una serie de objetos de vida cotidiana, dedales y utensilios médicos.

Como se ha mencionado anteriormente, el hallazgo de vainas de artillería Flak 18 no es de extrañar, debido a que esta posición fue utilizada para repeler a la división de tanques y las tropas de Líster durante mayo de 1937, y este tipo de artillería servía para frenar el avance de los blindados soviéticos T-26.

Autor: GRM