Asesinato del Obispo de Sigüenza

Sigüenza era una de las localidades más importantes de la provincia de Guadalajara, tanto por su población como por su dinamismo: de hecho, había sido uno de los lugares en los que más conflictividad se había dado en los años previos a la guerra. De hecho, el presidente de la Casa del Pueblo fue asesinado días antes de la sublevación.

La represión republicana en Sigüenza fue más intensa incluso que en la capital de la provincia: se calcula que 42 personas fueron asesinadas por milicianos en las primeras semanas tras el golpe. Como sede del Obispado, esta violencia tuvo un foco especial en los religiosos, que constituyeron 15 de las víctimas totales. El obispo Eustaquio Nieto fue expulsado del Palacio Episcopal y detenido el día 25 de julio. Fue sometido a un juicio público tras el cual se le permitió volver a su domicilio. Dos días después, por la noche, fue nuevamente detenido por un grupo de milicianos y conducido a un punto situado entre Estriégana y Alcolea del Pinar, donde fue fusilado.

La violencia anticlerical desplegada en Sigüenza también afectó a sus edificios religiosos, que como la Catedral, el Palacio Episcopal o la parroquia de Santa María fueron asaltados por grupos de milicianos, si bien lo que más impacto tuvo en la Catedral fue la batalla que se libró entre las fuerzas republicanas refugiadas en el edificio y los asaltantes rebeldes en octubre de 1936.

Autora: ACP

Cárcel del Seminario de San Julián

La violencia revolucionaria fue especialmente intensa en los primeros seis meses tras el golpe de Estado: los comités se hicieron con el poder en las calles, mientras los organismos oficiales y las fuerzas de seguridad paralizaban su actividad. Las milicias locales fueron dueñas de la situación entre julio y diciembre de 1936, imponiendo el terror sobre quienes tenían por sus enemigos: las personas consideradas derechistas y católicas.

Las milicias locales, desde septiembre a las órdenes de un Comité de Investigación o Salud Pública, protagonizaron una oleada de detenciones que llenó las cárceles de prisioneros. La Prisión Provincial, que por su reglamento debía albergar sólo un preso por celda, sobrepasó su capacidad máxima y pronto hubo que recurrir a otros lugares para ingresar a los detenidos. Fue el caso del Seminario de San Julián, en el que se encerró sobre todo a religiosos: el propio Obispo de Cuenca fue ingresado en esta cárcel improvisada y allí permaneció hasta su ejecución el 7 de agosto. Los religiosos fueron uno de los grupos que los revolucionarios persiguieron en esta etapa de violencia desatada, ya que los consideraban cercanos a las clases poderosas y a las derechas. 

En el Seminario también se habilitó una cárcel de mujeres que permaneció allí hasta su traslado al Seminario de las Carmelitas en marzo de 1937.

Autora: ACP

Matanza de los religiosos de Almagro en la estación de Miguelturra

Estación Miguelturra, disponible en http://www.fcmaf.es/Album/Album_Demolition.htm

La violencia revolucionaria fue especialmente intensa en los primeros seis meses tras el golpe de Estado, cuando las autoridades republicanas en la provincia carecían de capacidad para controlar la situación. Los comités de sindicatos y partidos políticos se habían hecho con el poder en las calles, mientras instituciones como el Ayuntamiento, la Diputación Provincial o la Audiencia Provincial paralizaban su actividad. Tampoco había fuerzas de seguridad ciudadana, puesto que la Guardia Civil y la Guardia de Asalto había sido enviada a Madrid. Las milicias locales fueron dueñas de las calles por la fuerza de las armas entre julio y diciembre de 1936, imponiendo el terror sobre los que consideraban sus enemigos.

Entre aquellos destacaban los religiosos, sobre los que se desató la persecución por su condición tradicionalmente conservadora y su acercamiento a las clases altas. La Iglesia fue despojada de sus propiedades, parte de su patrimonio fue destruido y las vidas de sacerdotes y religiosos fueron segadas: Montero calcula que en la zona republicana se asesinó a 13 obispos y 6.832 sacerdotes y religiosos. 

En la provincia de Ciudad Real se produjeron cuatro grandes matanzas de religiosos: una de ellas fue la de los franciscanos y dominicos de Almagro. El día 23 de julio, el alcalde de Almagro ordenó a los religiosos evacuar sus conventos, permitiéndoles primero alojarse en casas particulares pero cambiando su decisión ante las protestas del Ateneo Libertario y ordenando su encierro en una casa deshabitada. A finales de mes, el alcalde les facilitó salvoconductos para que fueran a Ciudad Real, donde se les suponía a salvo: los cuatro primeros en tomar el ten hacia la capital fueron sin embargo detenidos y asesinados en la estación de Miguelturra. Otros 14 fueron asesinados dos semanas más tarde en las afueras de Almagro por milicianos del Ateneo que pretendían evitar su traslado a Madrid ordenado por el alcalde. 

Autora: ACP

Convento Pasionistas de Daimiel

La violencia revolucionaria fue especialmente intensa en los primeros seis meses tras el golpe de Estado, cuando las autoridades republicanas en la provincia carecían de capacidad para controlar la situación. Los comités de sindicatos y partidos políticos se habían hecho con el poder en las calles, mientras instituciones como el Ayuntamiento, la Diputación Provincial o la Audiencia Provincial paralizaban su actividad. Tampoco había fuerzas de seguridad ciudadana, puesto que la Guardia Civil y la Guardia de Asalto había sido enviada a Madrid. Las milicias locales fueron dueñas de las calles por la fuerza de las armas entre julio y diciembre de 1936, imponiendo el terror sobre los que consideraban sus enemigos.

Entre aquellos destacaban los religiosos, sobre los que se desató la persecución por su condición tradicionalmente conservadora y su acercamiento a las clases altas. La Iglesia fue despojada de sus propiedades, parte de su patrimonio fue destruido y las vidas de sacerdotes y religiosos fueron segadas: Montero calcula que en la zona republicana se asesinó a 13 obispos y 6.832 sacerdotes y religiosos. 

En la provincia de Ciudad Real se produjeron cuatro grandes matanzas de religiosos: una de ellas fue la de los pasionistas de Daimiel. Unos 30 religiosos componían esta comunidad: el 22 de julio, un grupo fue apresado en la estación de tren de la localidad, atado y paseado hasta el Gobierno civil. Expulsados del municipio, decidieron dividirse en grupos e ir a Madrid, donde se creían más seguros. Nueve de ellos llegaron a Madrid, pero allí fueron asesinados en Carabanchel Bajo: doce fueron detenidos en la estación de Manzanares, donde fueron fusilados – seis de ellos sobrevivieron solo para ser asesinados dos meses después en la misma localidad. Cinco más fueron asesinados en Urda y Carrión de Calatrava. 

Autora: ACP

Matanza de los religiosos de Almagro

Sepulcro monjes dominicos en el convento de Almagro, disponible en http://elsayon.blogspot.com/2013/11/los-dominicos-de-almagro-martires-de.html

La violencia revolucionaria fue especialmente intensa en los primeros seis meses tras el golpe de Estado, cuando las autoridades republicanas en la provincia carecían de capacidad para controlar la situación. Los comités de sindicatos y partidos políticos se habían hecho con el poder en las calles, mientras instituciones como el Ayuntamiento, la Diputación Provincial o la Audiencia Provincial paralizaban su actividad. Tampoco había fuerzas de seguridad ciudadana, puesto que la Guardia Civil y la Guardia de Asalto había sido enviada a Madrid. Las milicias locales fueron dueñas de las calles por la fuerza de las armas entre julio y diciembre de 1936, imponiendo el terror sobre los que consideraban sus enemigos.

Entre aquellos destacaban los religiosos, sobre los que se desató la persecución por su condición tradicionalmente conservadora y su acercamiento a las clases altas. La Iglesia fue despojada de sus propiedades, parte de su patrimonio fue destruido y las vidas de sacerdotes y religiosos fueron segadas: Montero calcula que en la zona republicana se asesinó a 13 obispos y 6.832 sacerdotes y religiosos. 

En la provincia de Ciudad Real se produjeron cuatro grandes matanzas de religiosos: una de ellas fue la de los franciscanos y dominicos de Almagro. El día 23 de julio, el alcalde de Almagro ordenó a los religiosos evacuar sus conventos, permitiéndoles primero alojarse en casas particulares pero cambiando su decisión ante las protestas del Ateneo Libertario y ordenando su encierro en una casa deshabitada. A finales de mes, el alcalde les facilitó salvoconductos para que fueran a Ciudad Real, donde se les suponía a salvo: los cuatro primeros en tomar el ten hacia la capital fueron sin embargo detenidos y asesinados en la estación de Miguelturra. Otros 14 fueron asesinados dos semanas más tarde en las afueras de Almagro por milicianos del Ateneo que pretendían evitar su traslado a Madrid ordenado por el alcalde. 

Autora: ACP

Matanza de los pasionistas de Daimiel en la estación de Manzanares

 La violencia revolucionaria fue especialmente intensa en los primeros seis meses tras el golpe de Estado, cuando las autoridades republicanas en la provincia carecían de capacidad para controlar la situación. Los comités de sindicatos y partidos políticos se habían hecho con el poder en las calles, mientras instituciones como el Ayuntamiento, la Diputación Provincial o la Audiencia Provincial paralizaban su actividad. Tampoco había fuerzas de seguridad ciudadana, puesto que la Guardia Civil y la Guardia de Asalto había sido enviada a Madrid. Las milicias locales fueron dueñas de las calles por la fuerza de las armas entre julio y diciembre de 1936, imponiendo el terror sobre los que consideraban sus enemigos.

Entre aquellos destacaban los religiosos, sobre los que se desató la persecución por su condición tradicionalmente conservadora y su acercamiento a las clases altas. La Iglesia fue despojada de sus propiedades, parte de su patrimonio fue destruido y las vidas de sacerdotes y religiosos fueron segadas: Montero calcula que en la zona republicana se asesinó a 13 obispos y 6.832 sacerdotes y religiosos. 

En la provincia de Ciudad Real se produjeron cuatro grandes matanzas de religiosos: una de ellas fue la de los pasionistas de Daimiel. Unos 30 religiosos componían esta comunidad: el 22 de julio, un grupo fue apresado en la estación de tren de la localidad, atado y paseado hasta el Gobierno civil. Expulsados del municipio, decidieron dividirse en grupos e ir a Madrid, donde se creían más seguros. Nueve de ellos llegaron a Madrid, pero allí fueron asesinados en Carabanchel Bajo: doce fueron detenidos en la estación de Manzanares, donde fueron fusilados – seis de ellos sobrevivieron solo para ser asesinados dos meses después en la misma localidad. Cinco más fueron asesinados en Urda y Carrión de Calatrava. 

Autora: ACP

Matanza de la estación de Fernán Caballero

Dibujo de la estación de Fernán Caballero.

La violencia revolucionaria fue especialmente intensa en los primeros seis meses tras el golpe de Estado, cuando las autoridades republicanas en la provincia carecían de capacidad para controlar la situación. Los comités de sindicatos y partidos políticos se habían hecho con el poder en las calles, mientras instituciones como el Ayuntamiento, la Diputación Provincial o la Audiencia Provincial paralizaban su actividad. Tampoco había fuerzas de seguridad ciudadana, puesto que la Guardia Civil y la Guardia de Asalto había sido enviada a Madrid. Las milicias locales fueron dueñas de las calles por la fuerza de las armas entre julio y diciembre de 1936, imponiendo el terror sobre los que consideraban sus enemigos.

Entre aquellos destacaban los religiosos, sobre los que se desató la persecución por su condición tradicionalmente conservadora y su acercamiento a las clases altas. La Iglesia fue despojada de sus propiedades, parte de su patrimonio fue destruido y las vidas de sacerdotes y religiosos fueron segadas: Montero calcula que en la zona republicana se asesinó a 13 obispos y 6.832 sacerdotes y religiosos. 

En la provincia de Ciudad Real se produjeron cuatro grandes matanzas de religiosos: una de ellas fue la de los claretianos en la estación de Fernán Caballero. La comunidad claretiana de Ciudad Real era en vísperas del golpe era especialmente numerosa, ya que parte de los religiosos de Zafra se habían unido a la comunidad de la capital de la provincia. El 24 de julio un grupo de milicianos acudieron a la casa en la que se encontraban los estudiantes claretianos y exigieron que la abandonaran, pero mientras se estaban preparando para ello un delegado del gobernador civil les impuso el arresto domiciliario en el local en el que se encontraban. Cuatro días después, el gobernador arregló su traslado a Madrid, extendiéndoles salvoconductos que permitan su salida. La primera expedición estaba compuesta por 14 estudiantes que tomaron el tren en la estación de Ciudad Real, y que fue parada en la siguiente estación camino a la capital, la de Fernán Caballero. Habían sido unos milicianos los que habían obligado al maquinista a detener el ferrocarril, para a continuación hacer descender a los religiosos y fusilarles allí mismo a la vista de todos.

Autora: ACP

Checa en el convento de las Mínimas

La violencia revolucionaria fue especialmente intensa en los primeros seis meses tras el golpe de Estado, cuando las autoridades republicanas en la provincia carecían de capacidad para controlar la situación. Los comités de sindicatos y partidos políticos se habían hecho con el poder en las calles, mientras instituciones como el Ayuntamiento, la Diputación Provincial o la Audiencia Provincial paralizaban su actividad. Tampoco había fuerzas de seguridad ciudadana, puesto que la Guardia Civil y la Guardia de Asalto había sido enviada a Madrid. Las milicias locales fueron dueñas de las calles por la fuerza de las armas entre julio y diciembre de 1936, imponiendo el terror sobre los que consideraban sus enemigos.

Los registros y detenciones eran el pan de cada día de estos primeros meses de violencia. La gran mayoría de los presos se concentraron cárceles como la Prisión Provincial de Ciudad Real, pero muchos otros eran enviados a centros establecidos por las milicias, conocidos como “checas”. Las “checas” se establecieron por toda la provincia de Ciudad Real, generalmente en edificios religiosos como el convento de Las Mínimas de Daimiel, localización en la que se establecieron milicianos anarquistas de la CNT. 

Los detenidos por las milicias eran conducidos, normalmente de madrugada, al convento de Las Mínimas, Allí eran interrogados y torturados, tras lo cual generalmente eran conducidos a lugares de ejecución en los que se les fusilaba. Algunos, como el juez municipal Tomás Briso de Motiano se salvó de este destino a pesar de haber pasado por el convento.

Matanza de los Padres Franciscanos

La violencia revolucionaria fue especialmente intensa en los primeros seis meses tras el golpe de Estado, cuando las autoridades republicanas en la provincia carecían de capacidad para controlar la situación. Los comités de sindicatos y partidos políticos se habían hecho con el poder en las calles, mientras instituciones como el Ayuntamiento, la Diputación Provincial o la Audiencia Provincial paralizaban su actividad. Tampoco había fuerzas de seguridad ciudadana, puesto que la Guardia Civil y la Guardia de Asalto había sido enviada a Madrid. Las milicias locales fueron dueñas de las calles por la fuerza de las armas entre julio y diciembre de 1936, imponiendo el terror sobre los que consideraban sus enemigos.

Entre aquellos destacaban los religiosos, sobre los que se desató la persecución por su condición tradicionalmente conservadora y su acercamiento a las clases altas. La Iglesia fue despojada de sus propiedades, parte de su patrimonio fue destruido y las vidas de sacerdotes y religiosos fueron segadas: Montero calcula que en la zona republicana se asesinó a 13 obispos y 6.832 sacerdotes y religiosos. 

En la provincia de Ciudad Real se produjeron cuatro grandes matanzas de religiosos: una de ellas fue la de los franciscanos de Alcázar de San Juan. La noche del 20 de julio, los milicianos rodearon el convento de los padres franciscanos en esta localidad, donde había 8 religiosos. Dos días después, un grupo armado acudió a llevarse a los monjes, según afirmaban, con autorización oficial. Los religiosos fueron atados y conducidos al Ayuntamiento, donde se les unieron otros monjes, tras lo cual fueron llevados a la antigua ermita de San Juan, conocida como “El Refugio.” Tras cinco días de encierro, los 13 religiosos detenidos fueron conducidos a un lugar denominado “Los Sitios”, donde se les fusiló. Uno de ellos, Isidoro Álvarez Hernández, salvó la vida y huyó, y aunque fue detenido poco después, ya no volvió a intentar ser asesinado.

La violencia revolucionaria fue especialmente intensa en los primeros seis meses tras el golpe de Estado, cuando las autoridades republicanas en la provincia carecían de capacidad para controlar la situación. Los comités de sindicatos y partidos políticos se habían hecho con el poder en las calles, mientras instituciones como el Ayuntamiento, la Diputación Provincial o la Audiencia Provincial paralizaban su actividad. Tampoco había fuerzas de seguridad ciudadana, puesto que la Guardia Civil y la Guardia de Asalto había sido enviada a Madrid. Las milicias locales fueron dueñas de las calles por la fuerza de las armas entre julio y diciembre de 1936, imponiendo el terror sobre los que consideraban sus enemigos.

Entre aquellos destacaban los religiosos, sobre los que se desató la persecución por su condición tradicionalmente conservadora y su acercamiento a las clases altas. La Iglesia fue despojada de sus propiedades, parte de su patrimonio fue destruido y las vidas de sacerdotes y religiosos fueron segadas: Montero calcula que en la zona republicana se asesinó a 13 obispos y 6.832 sacerdotes y religiosos. 

En la provincia de Ciudad Real se produjeron cuatro grandes matanzas de religiosos: una de ellas fue la de los franciscanos de Alcázar de San Juan. La noche del 20 de julio, los milicianos rodearon el convento de los padres franciscanos en esta localidad, donde había 8 religiosos. Dos días después, un grupo armado acudió a llevarse a los monjes, según afirmaban, con autorización oficial. Los religiosos fueron atados y conducidos al Ayuntamiento, donde se les unieron otros monjes, tras lo cual fueron llevados a la antigua ermita de San Juan, conocida como “El Refugio.” Tras cinco días de encierro, los 13 religiosos detenidos fueron conducidos a un lugar denominado “Los Sitios”, donde se les fusiló. Uno de ellos, Isidoro Álvarez Hernández, salvó la vida y huyó, y aunque fue detenido poco después, ya no volvió a intentar ser asesinado.

Autora: ACP

Campos de concentración en la provincia de Guadalajara

Los campos de concentración franquistas surgieron en las primeras horas tras la sublevación del 18 de julio, y se fueron extendiendo por el territorio español con las conquistas militares del bando sublevado. Particularmente, la ofensiva final de la guerra civil en los días de marzo trajo consigo la apertura de nuevos campos de concentración y la habilitación de otros espacios como “centros de detención ilegal y extrajudiciales regidos por la administración militar y utilizados para internar y clasificar, sin juicio, a los prisioneros de guerra y evadidos republicanos”, según el historiador Javier Rodrigo.

De los 38 campos de concentración situados en Castilla-La Mancha, 35 de ellos (el 92% del total) comenzaron a funcionar en las últimas semanas de la guerra, en marzo de 1939. En la provincia de Guadalajara se han encontrado siete campos de concentración (18’42% del total de Castilla-La Mancha), cinco de los cuales fueron campos provisionales: Cifuentes, Cogolludo, Guadalajara, Maranchón y Miralrío. Por otro lado, solo dos de los campos de concentración situados en Guadalajara fueron campos estables: Jadraque y Sigüenza.

De los 7 campos de concentración hallados en la provincia de Guadalajara, se conoce la localización exacta de tan solo uno de ellos: el campo de concentración de Guadalajara, ubicado en varias localizaciones, entre ellas la fábrica Hispano-Suiza. Del resto de campos, entre los que se encuentran los campos de concentración de Cogolludo, con más de 3.000 prisioneros, y de Cifuentes, con más de 4.000, no se conoce la localización exacta.

Autor: AVF