Campos de concentración en la provincia de Albacete

Los campos de concentración franquistas surgieron en las primeras horas tras la sublevación del 18 de julio, y se fueron extendiendo por el territorio español con las conquistas militares del bando sublevado. Particularmente, la ofensiva final de la guerra civil en los días de marzo trajo consigo la apertura de nuevos campos de concentración y la habilitación de otros espacios como “centros de detención ilegal y extrajudiciales regidos por la administración militar y utilizados para internar y clasificar, sin juicio, a los prisioneros de guerra y evadidos republicanos”, según el historiador Javier Rodrigo.

De los 38 campos de concentración situados en Castilla-La Mancha, 35 de ellos (el 92% del total) comenzaron a funcionar en las últimas semanas de la guerra, en marzo de 1939. En la provincia de Albacete se han encontrado tres campos de concentración (7’89% del total de Castilla-La Mancha), los localizados en Albacete, en Almansa y en Hellín, siendo los tres campos estables.

De los tres campos de concentración hallados en Albacete, sólo se conoce la localización exacta de uno de ellos: Hellín, en la plaza de toros. De los otros dos campos de la provincia, es decir, de Albacete y de Almansa, no se conoce la localización exacta.

Autor: AVF

Campos de concentración en Castilla-La Mancha

El sistema concentracionario desarrollado por el bando sublevado durante la guerra civil española comenzó en las primeras horas tras la sublevación, y a medida que el bando sublevado fue conquistando amplias zonas de la Península, fueron surgiendo nuevos campos de concentración que convirtieron a España, en palabras del investigador Carlos Hernández de Miguel, en un «gigantesco campo concentracionario que se mantuvo operativo, con cambios y reducciones, hasta después de la muerte del dictador Francisco Franco en noviembre de 1975».

Estos «centros de detención ilegal y extrajudiciales regidos por la administración militar y utilizados para internar y clasificar, sin juicio, a los prisioneros de guerra y evadidos republicanos», según Javier Rodrigo, se instalaron en todos los espacios que fueran lo suficientemente amplios y alejados del campo de batalla, como almacenes, conventos, monasterios, castillos, plazas de toros, etc., pero también se crearon campos de concentración ex novo, en espacios abiertos que se rodearon de alambradas. Todos ellos podían tener carácter provisional, intermitente, estable, de larga duración o tardío, en función del momento de su instalación y el período de existencia del campo.

En las provincias de la actual Castilla-La Mancha también se produjo la instalación de campos de concentración, como en el resto de España. Las recientes investigaciones de Carlos Hernández de Miguel facilitan unas cifras de 38 campos de concentración en la región castellano-manchega, con 11 de ellos en Ciudad Real, tres en Albacete, cinco en Cuenca, 12 en Toledo y 7 en Guadalajara. A pesar de que algunos de estos campos, en concreto los situados en Toledo, Jadraque (Guadalajara) y Sigüenza (Guadalajara) comenzaron a funcionar a mediados de 1937, fue en los últimos días de marzo, durante la ofensiva final que puso fin a la guerra civil, cuando se crearon y habilitaron decenas de campos de concentración en Castilla-La Mancha.

Autor: AVF

Campo de concentración en Lavaderos de Rojas en Toledo

Finca de Los Lavaderos de Rojas, subcampo del campo de concentración de San Bernardo. Una vez San Bernardo sobrepasó por mucho sus capacidades de concentración de presos, la finca de Los Lavaderos fue habilitada como subcampo. Imagen a través de: https://loslavaderosderojas.com/wp-content/uploads/2018/03/los-lavaderos-de-rojas-56.jpg

Los campos de concentración franquistas surgieron en las horas próximas a la sublevación del 18 de julio de 1936, y se fueron extendiendo con el avance del Ejército sublevado. Estos campos de concentración, según el historiador Javier Rodrigo, fueron centros de detención ilegal y extrajudiciales regidos por la administración militar y utilizados para internar y clasificar, sin juicio, a los prisioneros de guerra y evadidos republicanos. En un número menor de ocasiones, estos campos también albergaron a poblaciones civiles cuando la toma de un territorio implicaba la caída en bando sublevado de grandes masas de ciudadanos, así como a los refugiados de la Segunda Guerra Mundial procedentes de Francia.

De los 38 campos de concentración ubicados en Castilla-La Mancha gracias a las investigaciones de Carlos Hernández de Miguel, 12 de ellos se encontraron en la provincia de Toledo, teniendo cinco de ellos un carácter provisional, 6 fueron campos estables e incluso uno de ellos, Talavera de la Reina, fue un campo de concentración de larga duración. Solamente se conoce la ubicación exacta de dos de estos campos, mientras que, de la mayoría restante, diez, no se conoce su ubicación o se conoce sin exactitud.

En Toledo se ubicó un campo estable de grandes dimensiones. En septiembre de 1937 el monasterio y finca de San Bernardo fue habilitado como depósito de prisioneros, con una población estable de 300 personas. Con el fin de la guerra, San Bernardo se vio desbordado llegando a congregar más de 10.500 cautivos, por lo que fue necesario habilitar nuevos recintos a modo de subcampos, como fue la finca conocida como Lavaderos –actualmente, Lavaderos de Rojas–. El campo de concentración de Toledo permaneció operativo, al menos, hasta el mes de septiembre de 1939.

Campo de concentración en Monasterio San Bernardo en Toledo

Monasterio y finca de San Bernardo en Toledo. Imagen extraída de la web “Toledo Olvidado”, a través de: http://www.loscamposdeconcentraciondefranco.es/img/campos/136.jpg

Los campos de concentración franquistas surgieron al compás de la sublevación del 18 de julio de 1936, y se fueron extendiendo con el avance del Ejército sublevado. Estos campos de concentración, según el historiador Javier Rodrigo, fueron centros de detención ilegal y extrajudiciales regidos por la administración militar y utilizados para internar y clasificar, sin juicio, a los prisioneros de guerra y evadidos republicanos. En un número menor de ocasiones, estos campos también albergaron a civiles cuando la toma de un territorio implicaba la caída en manos de los sublevados de grandes masas de ciudadanos, así como a refugiados de la Segunda Guerra Mundial procedentes de Francia.

De los 38 campos de concentración ubicados en Castilla-La Mancha gracias a las investigaciones de Carlos Hernández de Miguel, 12 de ellos se encontraron en la provincia de Toledo, teniendo cinco de ellos un carácter provisional, 6 fueron campos estables e incluso uno de ellos, Talavera de la Reina, fue un campo de concentración de larga duración. Solamente se conoce la ubicación exacta de dos de estos campos, mientras que, de la mayoría restante, diez, no se conoce su ubicación o se conoce sin exactitud.

En Toledo se ubicó un campo estable de grandes dimensiones. En septiembre de 1937 el monasterio y finca de San Bernardo fue habilitado como depósito de prisioneros, con una población estable de 300 personas. Con el fin de la guerra, San Bernardo se vio desbordado llegando a congregar más de 10.500 cautivos, por lo que fue necesario habilitar nuevos recintos a modo de subcampos, como fue la finca conocida como Lavaderos –actualmente, Lavaderos de Rojas–. El campo de concentración de Toledo permaneció operativo, al menos, hasta el mes de septiembre de 1939.

Autor: AVF

Campo de concentración de Sigüenza

Castillo de Sigüenza, cuyas ruinas parecen haber sido sede del campo de concentración de Sigüenza entre 1937 y 1939, y de diversos Batallones de Trabajo en adelante. Fuente a través de Wikimedia Commons: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Atardecer_%26_Castillo.JPG

Los campos de concentración franquistas surgieron al compás de la sublevación del 18 de julio de 1936, y se fueron extendiendo con el avance del Ejército sublevado. Estos campos de concentración, según el historiador Javier Rodrigo, fueron centros de detención ilegal y extrajudiciales regidos por la administración militar y utilizados para internar y clasificar, sin juicio, a los prisioneros de guerra y evadidos republicanos. En un número menor de ocasiones, estos campos también albergaron a civiles cuando la toma de un territorio implicaba la caída en manos de los sublevados de grandes masas de ciudadanos, así como a refugiados de la Segunda Guerra Mundial procedentes de Francia.

De los 38 campos de concentración ubicados en Castilla-La Mancha gracias a las investigaciones de Carlos Hernández de Miguel, 7 de ellos se encontraron en la provincia de Guadalajara, la mayoría de los cuales (5) tuvieron un carácter provisional, y dos de ellos fueron campos estables. Asimismo, solamente la ubicación de uno de ellos se ha conseguido dilucidar por completo, mientras que el resto de estos campos, seis, no tienen una localización exacta.

Es el caso del campo de concentración de Sigüenza: no se conoce su ubicación, pero pudo estar instalado en las ruinas del castillo. Destaca por haber operado desde antes del fin de la guerra, en concreto desde diciembre de 1937 hasta, al menos, abril de 1939, siendo, junto a Toledo y Jadraque, una excepción a la tónica general en los campos de concentración de Castilla-La Mancha y a su habilitación de manera mayoritaria a partir de marzo de 1939. A pesar de que el campo fue clausurado en abril de 1939, Sigüenza continuó siendo en años posteriores destino de varios Batallones de Trabajo.

Autor: AVF

Campo de concentración de Guadalajara

Los campos de concentración franquistas surgieron en las horas próximas a la sublevación del 18 de julio de 1936, y se fueron extendiendo con el avance del Ejército sublevado. Estos campos de concentración fueron centros de detención ilegal y extrajudiciales regidos por la administración militar y utilizados para internar y clasificar, sin juicio, a los prisioneros de guerra y evadidos republicanos.

De los 38 campos de concentración ubicados en Castilla-La Mancha gracias a las investigaciones de Carlos Hernández de Miguel, 7 de ellos se encontraron en la provincia de Guadalajara, la mayoría de los cuales (5) tuvieron un carácter provisional, y dos de ellos fueron campos estables. Asimismo, solamente la ubicación de uno de ellos se ha conseguido localizar por completo, mientras que el resto de estos campos, seis, no tienen una localización exacta.

En Guadalajara capital los campos de concentración comenzaron a ser habilitados en la plaza de toros, donde fueron trasladados miles de prisioneros por el Corpo Troppe Volontaire (CTV) italiano cuando entraron en la ciudad el 28 de marzo. Posteriormente, se habilitaron dos campos de concentración, situándose el primero de ellos en el convento de Las Bernardas, conocido como Guadalajara 1. El segundo campo de concentración en la capital, conocido como Guadalajara 2, estuvo habilitado por la 7ª Bandera de la Falange en la fábrica de automóviles La Hispano Suiza. Algo menos de 1.000 hombres permanecieron como prisioneros, hasta que el día 20 de abril fueron trasladados a un campo sin especificar de La Coruña. En total, durante el mes de abril de 1939 que se mantuvo operativo el complejo concentracionario provisional de Guadalajara acumuló más de 7.000 prisioneros.

Convento de las Concepcionistas Franciscanas

La violencia revolucionaria fue especialmente intensa en los primeros seis meses tras el golpe de Estado: los comités se hicieron con el poder en las calles, mientras los organismos oficiales y las fuerzas de seguridad paralizaban su actividad. Las milicias locales fueron dueñas de la situación entre julio y diciembre de 1936, imponiendo el terror sobre quienes tenían por sus enemigos: las personas consideradas derechistas y católicas.

Los religiosos fueron uno de los grupos que los revolucionarios persiguieron en esta etapa de violencia desatada, ya que los consideraban cercanos a las clases poderosas y a las derechas. Sus edificios fueron ocupados por las milicias y, específicamente, por la Columna del Rosal. Es lo que ocurrió con el Seminario, el convento de las Carmelitas Descalzas o el convento de las Concepcionistas, en la Puerta de Valencia. Las monjas de este último enclave permanecieron en el mismo hasta el 4 de agosto de 1936, cuando se las trasladó al asilo de ancianos. El edificio fue ocupado por la Columna del Rosal en octubre, que lo convirtió en cuartel y centro de detenciones o “checa”.

Así, el convento de las Concepcionistas se convirtió en uno de los temidos lugares a los que eran conducidas las personas detenidas por las milicias en Cuenca. Allí eran interrogadas, torturadas y sometidas a juicio por el comité allí presente. Si se les encontraba culpables, se les conducía a las afueras de la ciudad o a las tapias del cementerio y se las fusilaba, un fenómeno conocido como “el paseo” que se extendió en los primeros seis meses de la guerra y que prácticamente desapareció a partir de febrero de 1937, de la mano de la recuperación del poder estatal por parte del Gobierno.

Autora: ACP

Convento de las Angélicas

La violencia revolucionaria fue especialmente intensa en los primeros seis meses tras el golpe de Estado: los comités se hicieron con el poder en las calles, mientras los organismos oficiales y las fuerzas de seguridad paralizaban su actividad. Las milicias locales fueron dueñas de la situación entre julio y diciembre de 1936, imponiendo el terror sobre quienes tenían por sus enemigos: las personas consideradas derechistas y católicas.

Los religiosos fueron uno de los grupos que los revolucionarios persiguieron en esta etapa de violencia desatada, ya que los consideraban cercanos a las clases poderosas y a las derechas. Sus edificios fueron ocupados por las milicias y, específicamente, por la Columna del Rosal. Es lo que ocurrió con el Seminario, el convento de las Concepcionistas o el convento de las Angélicas, en el inicio de la calle San Pedro, en Cuenca.

Así, el convento de las Angélicas se convirtió en uno de los temidos lugares a los que eran conducidas las personas detenidas por las milicias. Allí eran interrogadas, torturadas y sometidas a juicio por el comité allí presente. Si se les encontraba culpables, se les conducía a las afueras de la ciudad o a las tapias del cementerio y se las fusilaba, un fenómeno conocido como “el paseo” que se extendió en los primeros seis meses de la guerra y que prácticamente desapareció a partir de febrero de 1937, de la mano de la recuperación del poder estatal por parte del Gobierno.

Autora: ACP